Acceso a la vivienda
16 de septiembre de 2026
Mientras unos pocos debaten si hay que acelerar o desacelerar la carrera por la inteligencia artificial, en Estados Unidos las hipotecas vuelven a acercarse al 7%, según The Wall Street Journal.
Mientras unos pocos debaten si hay que acelerar o desacelerar la carrera por la inteligencia artificial, en Estados Unidos las hipotecas vuelven a acercarse al 7%, según The Wall Street Journal.
La noticia podría quedarse ahí: tipos de interés, coste de financiación, mercado inmobiliario, expectativas sobre la economía… Sin embargo, mientras la leía me vino a la cabeza una pregunta distinta: si cada vez cuesta más comprar una vivienda, ¿por qué triunfan los reels que nos enseñan casas que probablemente nunca podremos comprar?
¿Qué hay de malo en imaginarse en la vivienda de tus sueños? Nada.
Eso es. Nada, porque se trata de un sueño digital. Y quizá ahí está precisamente lo interesante.
Durante años se nos habló del metaverso como si para trasladar parte de nuestra vida a lo digital fuese necesario construir un mundo paralelo, ponernos unas gafas y convertirnos en un avatar. Sin embargo, no hacía falta nada de eso. ¿Por qué? Porque lo digital ha ido sustituyendo pequeñas partes de la experiencia de lo real de una manera mucho más discreta, casi sin que nos diéramos cuenta.
Ha bastado con que la realidad se volviera suficientemente cara y la fantasía suficientemente convincente.
Preguntaos -si queréis, claro-: cuando alguien pasa unos minutos viendo una vivienda en Instagram, TikTok o un portal inmobiliario, ¿simplemente está mirando fotografías o vídeos de un inmueble o hay algo más?
¿Realmente lo hipnótico son los metros cuadrados? ¿O lo hipnótico es contemplar la luz que entra por la mañana en ese comedor o contemplar la terraza en la que imaginamos cenar, o contemplar aquella cocina en la que quizá nunca cocinaremos, o contemplar ese dormitorio desde el que creemos que despertaremos de otra manera?
Mi opinión es que esos reels no nos trasladan a una vivienda técnicamente sino que nos transportan a un ensayo de la vida que soñamos.
Por eso el problema de la vivienda me parece mucho más interesante cuando dejamos de considerarlo únicamente una cuestión de precios. La crisis de vivienda de 2026, las hipotecas altas, las dificultades de los jóvenes para acceder a una vivienda o la sensación creciente de que comprar una casa resulta imposible no afectan únicamente a nuestra capacidad económica. También afectan a la forma en la que imaginamos nuestro futuro.
Durante mucho tiempo podía existir una distancia entre el presente y la casa que queríamos, pero seguía funcionando una idea bastante sencilla: todavía no puedo, pero quizá algún día.
El cambio importante empieza cuando ese “algún día” deja de parecernos creíble.
El deseo, por el contrario, no desaparece necesariamente cuando desaparece la posibilidad y eso se da gracias a la imaginación y la fantasía que produce -ell marketing sabe eso desde hace mucho tiempo-.
No compramos únicamente productos. Compramos lo que creemos que esos productos dicen de nosotros, la vida que prometen, la identidad que permiten representar o la sensación que imaginamos que tendremos al poseerlos.
Una vivienda quizá sea uno de los ejemplos más claros, porque pocas compras concentran tanta proyección personal. Una casa puede representar independencia, seguridad, prestigio, silencio, naturaleza, familia, éxito o simplemente la posibilidad de empezar de nuevo.
De ahí que hablar de un marketing de la fantasía no signifique afirmar que todo sea un engaño. La fantasía forma parte de nuestra manera de relacionarnos con el mundo -antes de hacer muchas cosas necesitamos imaginarlas-.
El problema, o al menos la pregunta que me interesa, aparece cuando la experiencia imaginada empieza a resultar mucho más accesible que la experiencia material.
Quizá no podamos comprar la casa, pero podemos recorrerla; podemos guardarla; podemos volver a ella; podemos compararla con otra; podemos enseñársela a alguien… Incluso podemos decir: “esta es la que yo tendría”.
Y ahí dejamos de estar únicamente en el terreno de la fantasía.
Hace años empecé a interesarme por el concepto de propiedad psicológica, que intenta explicar por qué podemos experimentar algo como “mío” aunque jurídicamente no nos pertenezca.
Es una idea aparentemente sencilla, pero adquiere otra dimensión cuando la llevamos al entorno digital.
Cuanto más conocemos algo, cuanto mayor control creemos tener sobre ello, cuanto más tiempo invertimos y cuanto más podemos personalizarlo, más posibilidades existen de que establezcamos una relación de apropiación.
Por eso hablamos de “mi perfil”, “mi playlist”, “mi espacio” o “mi comunidad” con absoluta naturalidad aunque, en términos estrictamente materiales, muchas de esas cosas no sean nuestras.
En las plataformas inmobiliarias online ocurre algo especialmente curioso: podemos entrar repetidamente en un anuncio, mirar cada una de sus fotografías, memorizar el salón, imaginar qué habitación elegiríamos, enseñársela a nuestra pareja e incluso sentir cierta decepción cuando desaparece del portal…pero…¡nunca fue nuestra!
Y, sin embargo, algo parecía haberse construido entre nosotros y aquella casa.
Por eso me parece insuficiente explicar estos comportamientos únicamente en términos económicos.
Hace unos días The New York Times hablaba de las llamadas dopamine sites, páginas que reproducen algunas de las acciones que asociamos al consumo -elegir, comprar, acumular, desbloquear- sin necesidad de que exista una adquisición material detrás.
La expresión “dopamina” funciona bien como titular, aunque personalmente prefiero ser prudente con ese tipo de explicaciones. No necesitamos saber exactamente qué neurotransmisor interviene para reconocer algo mucho más observable: las interfaces han aprendido a separar determinados comportamientos de sus consecuencias materiales.
Gracias a ellas podemos experimentar el acto de comprar sin comprar; podemos experimentar la acumulación sin poseer; podemos experimentar la elección sin asumir sus consecuencias.
Y eso me lleva a una pregunta que me parece más interesante que discutir sobre si un clic produce más o menos dopamina: ¿cuánto de nuestra sensación de propiedad depende realmente de la propiedad?
Porque quizá hemos atribuido al objeto una experiencia que depende también del comportamiento que construimos alrededor de él.
A esto se suma otro cambio que llevamos años normalizando: cada vez poseemos menos de aquello que utilizamos.
Escuchamos música sin tenerla, vemos películas sin comprarlas, utilizamos software mientras pagamos una cuota, guardamos fotografías en servidores que no controlamos y construimos una parte de nuestra identidad dentro de plataformas que pertenecen a otros.
La economía de suscripción nos ha acostumbrado a separar acceso y propiedad.
Sin embargo, lo paradójico es que dejar de poseer materialmente no ha impedido que sigamos estableciendo vínculos psicológicos intensos con aquello que utilizamos.
Quizá por eso la vivienda constituye un caso extremo.
Una casa sigue siendo uno de los grandes símbolos de propiedad material y, al mismo tiempo, se está convirtiendo para muchas personas en uno de los bienes más difíciles de alcanzar.
Por tanto, resulta especialmente interesante preguntarse qué ocurre si conservamos toda la experiencia simbólica de la propiedad, pero eliminamos la propiedad real.
Aunque no lo crean, ya jugábamos a esto antes de internet. Han acertado: el Monopoly -o, mejor dicho, The Landlord’s Game, el juego creado por Elizabeth Magie a comienzos del siglo XX y del que posteriormente surgiría Monopoly-.
Magie convirtió cuestiones relacionadas con la propiedad, el alquiler, la acumulación y la distribución de riqueza en una experiencia que podía jugarse sobre un tablero.
Era posible comprar una calle que no existía, cobrar un alquiler que tampoco existía y celebrar una acumulación patrimonial completamente ficticia.
Sin embargo, el comportamiento sí era real: competíamos; elegíamos; acumulábamos y protegíamos lo que considerábamos nuestro.
Más de un siglo después, la diferencia es que hemos saltado del tablero a la pantalla de seis pulgadas.
Tenemos interfaces.
De todas estas conexiones nace nuncatendrascasa.es.
La vivienda es el gancho porque concentra de una manera extraordinaria deseo, identidad, expectativa de futuro y propiedad. Sin embargo, el experimento no pretende hablar solamente de vivienda.
Pretende observar qué ocurre cuando eliminamos por completo la consecuencia económica de la compra y conservamos casi todo lo demás.
Hay casas; hay precios; hay favoritos…Puedes recorrerlas; puedes elegirlas; puedes comprarlas; puedes acumularlas… ¡Incluso puedes decidir cuál de todas ellas considerarías “tu casa”!
La diferencia es que ninguna existe y ningún euro cambia de manos.
Precisamente por eso aparece una pregunta que en una inmobiliaria convencional sería difícil aislar: cuando eliminamos el dinero, ¿qué queda del valor de una casa?
Quizá elegimos la más grande, quizá la más cara…pero quizá descubrimos que lo que realmente buscábamos era luz, silencio, independencia, privacidad, naturaleza o una determinada versión de nosotros mismos.
En ese momento, la vivienda deja de funcionar exclusivamente como un objeto y empieza a funcionar como un espejo.
Por eso vuelvo a la noticia de las hipotecas cercanas al 7%.
No porque Estados Unidos vaya a anticipar necesariamente lo que sucederá con el acceso a la vivienda en España, ni porque podamos reducir el mercado inmobiliario de 2026 a una única cifra, sino porque ese dato permite observar una transformación más difícil de medir.
¿Qué sucede cuando aquello que seguimos deseando se aleja progresivamente de nuestras posibilidades materiales mientras su representación digital se vuelve cada vez más accesible, detallada y convincente?
Quizá llevábamos años imaginando el metaverso de una manera demasiado espectacular.
No hacía falta abandonar este mundo para entrar en otro.
Tal vez bastaba con que empezáramos a trasladar pequeñas parcelas de nuestra experiencia a una pantalla: el entretenimiento, las relaciones, el reconocimiento, la propiedad, el deseo y, finalmente, incluso la posibilidad de imaginar nuestro futuro.
De ahí que las hipotecas al 7%, los reels de viviendas imposibles, las dopamine sites, la propiedad psicológica, la economía de suscripción y Monopoly no me parezcan asuntos independientes.
Todos señalan, desde lugares diferentes, hacia una misma pregunta: qué ocurre cuando lo digital empieza a ofrecernos una experiencia simbólica de aquello que la realidad material dificulta cada vez más.
Y quizá por eso seguimos mirando casas que sabemos que nunca compraremos.
No porque nos hayan engañado; no porque creamos que son nuestras, sino porque durante unos segundos podemos entrar en ellas, recorrerlas y probar cómo sería nuestra vida allí.
No hay nada malo en eso. Se trata de un sueño digital.
La cuestión interesante comienza después: ¿qué estabas comprando?